EL ARGUMENTO CONTRA DIOS

Las religiones monoteístas han fracasado. Probablemente pretendían demasiado. Prometían demasiado. Sus contradicciones son tan evidentes que llegó un momento en que el hombre, liberado de la ignorancia y de fantasías románticas, consiguió dejar de hacer la vista gorda ante las paradojas de lo escrito frente a la vida real. El Dios de las religiones institucionales, esa figura omnipotente, omnisciente y todopoderosa, amante de sus creyentes y compasivo, murió en los hornos crematorios de Auschwitz, languidece donde los niños mueren diariamente de hambre, y cae abatido por las balas del asesino, la picana eléctrica del torturador, la hipodérmica del drogadicto y el explosivo del terrorista.
Si Dios es bueno y justo, si El constituye la cumbre y el epítome de todo lo que es bueno y positivo en la creación, ¿cómo reconciliar esto con la existencia del mal, la miseria, el crimen y la enfermedad? Alegar que Dios actúa según criterios que escapan la razón del hombre, y que lo que llamamos mal en realidad no lo es, o que el dolor está destinado a salvarnos de un mal mayor, es evadir la pregunta. Aunque supusiéramos que desde un cierto punto de vista el bien y el mal fueran indistinguibles, el hecho sigue vigente que nosotros, en nuestro plano humano, seguimos experimentando el bien y el mal, el placer y el dolor en nuestra carne, nuestra mente; no es Dios quien lo experimenta, y por lo tanto, si Dios es bueno, ¿no debiera librar sus criaturas de tales dolorosas y degradantes experiencias? Algunas personas, llamémoslas "los Escépticos", llegan a la conclusión de que o Dios es bueno, y en ese caso tenemos que reconocer que no es todopoderoso, o bien que Dios es indiferente - de nuestro punto de vista - y en ese caso no podemos pretender que eventualmente el mundo vaya a llegar a ser justo y bueno, porque esas son categorías que no le atañen a la divinidad. Y si el mundo llegara algún día a alcanzar una etapa de justicia y bienestar, dicen los Escépticos, será sólo como resultado de los esfuerzos del hombre, y no por la intervención divina, pues la divinidad no funciona de acuerdo con estas categorías. Desde ese punto de vista, entonces, para todos los fines prácticos, Dios no existe, y si existe, no lo es en el plano funcional que nos concierne. Es como si habitara otro planeta, otra galaxia, y no nos afecta.
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